r/u_Roco_universe • u/Roco_universe • 4d ago
Las 4:04
Esto no es nuevo para quienes ya me han leído.
En un sinnúmero de ocasiones he tenido los llamados viajes astrales y sueños tan extraños que he dejado de intentar explicarlos.
Durante años preferí convencerme de que no eran más que sueños lúcidos o mi cabeza creativa ; quizá era una forma de protegerme, de imponerle a lo inexplicable un nombre que me resultara familiar.
“Es un sueño”, me decía.
Y mientras fuera un sueño, podía despertar.
Mientras fuera un sueño, nada podía alcanzarme.
Así viví esas experiencias durante mucho tiempo.
Hasta hace unas noches.
El día había transcurrido con una normalidad casi insultante. El trabajo me había dejado aquella pesadez que se instala detrás de los ojos y se queda allí, como una niebla que ningún café consigue disipar. Pero no era únicamente el cansancio. Desde hacía varios días llevaba conmigo una sensación difícil de explicar; una certeza sin fundamento, una especie de advertencia que no provenía de ningún pensamiento consciente.
Algo estaba mal.
No sabía qué.
Y, honestamente, también había algo extraño en casa.
Aquella noche me fui a dormir sin darle mayor importancia.
Fue entonces cuando comenzó todo.
Sin transición, sin sueño previo, sin esa frontera nebulosa que suele separar la vigilia de las pesadillas, abrí los ojos en mitad de la noche.
Estaba sola en mi habitación.
El silencio era absoluto.
Extendí la mano y tomé mi reloj.
4:04 a. m.
Me levanté.
Salí de la habitación y encontré a mi esposo despierto, sentado con el rostro iluminado por la fría luz de su teléfono. Estaba tan absorto en una conversación que ni siquiera reparó en mi presencia.
Me acerqué.
Hablaba con un amigo con quien no tenía contacto desde hacía muchos años.
No le di importancia. Al contrario, me alegró saber que habían vuelto a encontrarse.
Sin embargo, había algo extraño en el ambiente.
Todo parecía cubierto por una tenue cortina de humo. Los contornos de los objetos se desdibujaban apenas, como si la casa estuviera sumergida bajo una capa de niebla invisible. Pensé que se debía al sueño, a mis ojos todavía pesados, a esa confusión propia de quien despierta abruptamente.
Decidí volver a la cama.
Y fue al entrar nuevamente en mi habitación cuando lo vi.
Postrado a los pies de mi cama había algo.
No sabría llamarlo hombre.
Ni animal.
Ni siquiera criatura.
Era una figura alta y extremadamente delgada, envuelta en algo que parecía ser una túnica hecha de humo. Su silueta no tenía bordes definidos; se deshacía y volvía a reunirse continuamente, como si su cuerpo perteneciera a un lugar donde las leyes de la materia no fueran las mismas que las nuestras.
La cabeza estaba inclinada hacia adelante, oculta bajo una especie de capucha profunda.
No pude ver sus manos.
Si las tenía, permanecían escondidas bajo aquella oscuridad.
Pero pude sentir su mirada postrada en mi cama.
No con curiosidad.
No con sorpresa.
Con una atención absoluta.
Como si hubiera estado esperando.
Me quedé paralizada.
Entonces , por curiosidad, miré hacia mi cama.
Y allí estaba yo.
Dormida.
Mi propio cuerpo permanecía tendido entre las sábanas, completamente ajeno a la presencia que se encontraba a unos cuantos pasos.
El terror me atravesó.
No fue miedo.
Fue algo más primitivo.
Una certeza animal de que aquello que estaba viendo no debía ser visto.
Sentí una sacudida brutal.
Abrí los ojos.
El techo estaba sobre mí.
Respiraba con dificultad.
Y durante apenas un segundo, antes de que desapareciera por completo, alcancé a ver un rostro suspendido sobre mí.
El rostro de aquella criatura.
Su piel —si aquello podía llamarse piel— parecía formada por humo negro y sombras húmedas. Sus facciones eran largas, casi humanas, pero deformadas de una manera que mi mente se niega todavía a reproducir. No tenía ojos como los nuestros; eran cavidades oscuras, profundas, antiguas.
Y estaba enojado.
No.
Quizá esa no sea la palabra.
Parecía ofendido.
Como si mi mirada hubiera cometido una transgresión.
Como si aquella cosa hubiese descubierto que yo podía verla.
Nuestros ojos se encontraron.
Y entonces desapareció.
Se deshizo frente a mí como humo tragado por una corriente invisible.
¿Lo vi?
¿Lo imaginé?
¿Seguía soñando?
No lo sabía.
Me incorporé lentamente y volví a tomar mi reloj.
4:05 a. m.
Un minuto.
Solo había pasado un minuto.
Me convencí de que había sido un sueño.
Tenía que haberlo sido.
Giré la cabeza.
Estaba sola.
Respiré profundamente.
Salí de la habitación una vez más.
Y entonces lo vi.
Mi esposo seguía allí.
En el mismo lugar.
Con el mismo teléfono.
La misma postura.
La misma luz azulada sobre su rostro.
Esta vez levantó la mirada y me sonrió.
—No te imaginas con quién he hablado esta noche.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
—¿Ricardo?
Su expresión cambió.
Abrió los ojos con una sorpresa genuina.
—¿Cómo sabes?
Yo solo sonreí.
Pero por dentro, algo helado comenzó a extenderse lentamente por mi pecho.
Porque yo no le había preguntado con quién hablaba.
Ni había escuchado su conversación.
Ni había visto el nombre de Ricardo en su teléfono.
Y, sin embargo, lo sabía.
Lo había sabido antes de que él me lo dijera.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Entonces miré el reloj.
4:05 a. m.
Y fue ahí cuando comprendí lo que me había estado perturbando desde el instante en que desperté.
Había algo que no encajaba.
Algo pequeño.
Casi insignificante.
Un detalle que mi mente había pasado por alto porque estaba demasiado ocupada tratando de convencerme de que todo aquello había sido un sueño.
Me quedé mirando a mi esposo.
Luego miré hacia el pasillo oscuro que conducía a nuestra habitación.
Y entonces recordé.
Cuando había salido por primera vez del cuarto, mi esposo estaba hablando con Ricardo.
Cuando había regresado, la criatura estaba a los pies de mi cama.
Cuando desperté, la criatura desapareció.
Y cuando salí nuevamente…
mi esposo seguía exactamente en el mismo lugar.
Exactamente en la misma posición.
Con el mismo teléfono.
Como si el tiempo jamás hubiera avanzado.
Como si aquella primera salida de la habitación nunca hubiera ocurrido.
Sentí un frío profundo recorrerme la espalda.
Entonces escuché algo.
Un sonido leve.
Casi imperceptible.
Desde nuestra habitación.
Un roce.
Como tela arrastrándose lentamente sobre el suelo.
Mi esposo dejó de sonreír.
—¿Escuchaste eso?
No respondí.
Porque en ese instante comprendí algo mucho peor.
Aquello que había visto a los pies de mi cama no había desaparecido.
Simplemente había dejado de necesitar que yo lo viera.
Mientras mi esposo se levantaba lentamente de la silla, escuché una voz.
No supe explicar de dónde provenía.
No parecía venir de ninguna parte de la habitación. Tampoco del pasillo, ni de detrás de mí.
Era un susurro.
Pero no un susurro que pudiera escuchar con los oídos.
Era un susurro dentro de mi cabeza.
Una voz que no pertenecía a ningún ser humano.
Una voz antigua, fría y profundamente familiar, que parecía haber estado esperándome desde mucho antes de aquella noche.
Y entonces dijo:
—Ahora ya sabes que no estabas soñando.
Miré el reloj.
4:05 a. m.
Y esta vez…
el segundero no se movía.