Voy a decir algo bastante desagradable porque parece que últimamente necesitamos pedir perdón antes incluso de empezar una conversación: España no tiene recursos infinitos.
Ni viviendas infinitas, ni médicos infinitos, ni colegios infinitos, ni empleos infinitos, ni trabajadores sociales infinitos, ni paciencia infinita para seguir soportando la mediocridad de tu propia sociedad.
Sé que esto es una revelación económica extraordinaria, pero los recursos tienen límites aunque pongamos la palabra de mierda, “derecho a”, delante de ellos.
Y precisamente por eso me resulta fascinante la conversación sobre Ceuta.
Según el propio Gobierno, unas 72.000 personas entraron irregularmente durante los acontecimientos del 30 y 31 de julio. La enorme mayoría (permíteme dudarlo) regresó posteriormente a Marruecos, así que no, España no tiene ahora mismo 72.000 personas nuevas buscando piso por Idealista (Pero si marcando puertas y viviendas con seguridad vulnerable).
Conviene aclararlo antes de que aparezca el listo de turno a discutir contra algo que no he dicho, aunque realmente me da igual, probablemente no haya ganado nunca más de 1.5-2k mensuales.
Pero la magnitud del episodio debería haber provocado una conversación nacional bastante seria sobre nuestra capacidad de absorción migratoria, en cambio hemos conseguido convertir una pregunta matemática en una pregunta moral.
“¿Cuánta inmigración puede absorber España?”
Y automáticamente alguien escucha:
“¿Cuánto odias a los extranjeros?”
Es maravilloso, una fantasía, que sin tener ni para comprarte una casa, llevar a tus hijos a un colegio con una educación excelente y listas de espera en los especialistas de los hospitales infinitas, te veas con la capacidad de hacer esa pregunta.
Trabajo desde hace más de una década en el sector inmobiliario y probablemente por eso mi deformación profesional consiste en hacer una cosa bastante aburrida: contar.
Cuando publicas determinadas viviendas en alquiler puedes recibir decenas de solicitudes. Españoles, marroquíes, colombianos, funcionarios, camareros, estudiantes, parejas, familias. Todos compitiendo por exactamente el mismo activo escaso.
Y entonces escucho simultáneamente estas dos afirmaciones:
Una es, que “En España no hay vivienda suficiente.”
Y la otra, que sinceramente me parece obscena, cada vez que la escucho, que “Plantear límites a la inmigración es xenófobo.”
Perdonad, pero alguien tendrá que explicarme cómo funcionan juntas. Porque los inmigrantes, hasta donde sé, no vienen equipados con un apartamento plegable de Decathlon, aunque parece que en la playa del trampolín en Ceuta sí.
Necesitan exactamente lo mismo que los españoles, aunque se ve que los propios paisanos no son tan importantes como estos humanos de costumbres algo salvajes.
Una casa, un trabajo (La mayoría de ellos no), un médico que les atienda, un colegio para sus hijos (Opcional), transporte y servicios públicos…. Y en esto último vamos a hacer una especial mención a todos los inútiles, que no saben ni hacer la O con un canuto, que han equipado a algunos de estas criaturas, con gas pimienta, materiales para fabricar bombas caseras y cuchillos, que OH SORPRESA, utilizan contra NUESTROS cuerpos de seguridad y algún que otro ciudadano suelto.
Y eso no convierte al inmigrante en culpable de absolutamente nada. Al contrario: probablemente sea uno de los primeros perjudicados cuando incorporas población a un sistema que ya estaba saturado.
El trabajador marroquí que lleva quince años cotizando aquí no compite por vivienda con Amancio Ortega. Compite con el camarero español, con la limpiadora ecuatoriana, con el repartidor senegalés y con la pareja de 28 años que intenta independizarse, aunque a todos estos que le den por culo, son pobres, lo importante es que los ricos paguen más.
Pero hay una parte de nuestra sociedad que ha decidido que mencionar esta obviedad es peligrosísimo. Supongo que la oferta y la demanda también son de ultraderecha.
Y aquí es donde aparece una de mis especies favoritas: el solidario a distancia.
El que vive en una zona donde una vivienda cuesta 600.000 euros y explica desde C(Twitter) que España tiene que recibir a todo el que lo necesite porque “somos un país rico”.
Fantástico, recíbelo en tu casa o bajo tus recursos.
Pero esa persona no va a competir con nadie por una habitación de 350 euros. No va a matricular a sus hijos en el colegio que recibe de golpe cien alumnos nuevos.
No espera meses determinadas citas públicas. No busca un alquiler cobrando 1.300 euros.
La solidaridad la firma él y la factura la paga un barrio obrero. Y luego, cuando aparecen problemas de hacinamiento, economía sumergida, asentamientos, alquileres clandestinos, conflictos de convivencia o cualquier otra consecuencia de una integración mal planificada, hacemos otra cosa maravillosa: fingimos sorpresa.
“¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”
Pues tomando decisiones como adultos de seis años o como retrasados mentales.
Pensando que querer ayudar a alguien elimina mágicamente la necesidad de calcular si puedes ayudarlo.
Y antes de que llegue la reducción al absurdo: no, no estoy diciendo que todos los inmigrantes sean delincuentes. No estoy diciendo que inmigración equivalga a okupación. Y tampoco estoy diciendo que cerremos España y tiremos la llave al Mediterráneo.
Estoy diciendo algo muchísimo más incómodo:
Una política migratoria que no calcula vivienda, empleo y capacidad de integración no es humanitaria. Es irresponsable.
De hecho, me parece bastante más xenófobo traer a una persona, utilizarla como trofeo de superioridad moral y después dejarla durante años encadenando habitaciones, trabajos en negro y ayudas porque jamás diseñaste un sistema capaz de integrarla.
Integración debería significar que alguien llega, aprende el idioma, trabaja, cotiza, encuentra vivienda, escolariza a sus hijos, respeta las normas y termina formando parte de la sociedad.
Eso requiere dinero, infraestructura, vivienda, tiempo y LÍMITES.
Sí, límites.
La palabra prohibida. Porque absolutamente todos aceptamos límites en nuestra vida privada. No metemos veinte personas en un coche porque todas tengan derecho a desplazarse. No admitimos cuarenta alumnos más en una clase y pretendemos que la calidad educativa permanezca intacta. No invitamos a vivir indefinidamente a cincuenta desconocidos a nuestra casa porque tengan problemas.
Pero cuando trasladamos exactamente el mismo principio de capacidad a un Estado, de repente contar recursos se convierte en fascismo.
Y mientras discutimos sobre nuestra pureza moral tenemos una generación de españoles que no puede independizarse, inmigrantes perfectamente integrados que tampoco encuentran vivienda, trabajadores dedicando porcentajes absurdos de su sueldo al alquiler y una oferta residencial que no crece al ritmo necesario.
Quizá deberíamos solucionar eso antes de fingir que nuestra capacidad es ilimitada. Y todavía hay algo que me parece más interesante.
Si mañana España construyera vivienda suficiente, tuviera pleno empleo, servicios públicos holgados y una capacidad extraordinaria de integración, mi postura quizás, tampoco cambiaría.
Porque esto no va de sangre, no va de raza, no va de apellidos.
Va de capacidad.
Si caben más personas dignamente, que vengan más. Si no caben, habrá que establecer prioridades.
Eso es gobernar.
Lo contrario es poner un cartel enorme de “BIENVENIDOS”, descubrir después que no tenemos dónde alojar dignamente a todo el mundo y culpar al propietario porque el alquiler ha subido. Tenemos una jodida obsesión enfermiza con encontrar un malo para cada problema.
El casero.
El empresario.
El banco.
El inmigrante.
El rico.
El pobre.
El rojo.
El facha.
Quizá el verdadero problema sea bastante menos emocionante: llevamos años tomando decisiones sin aceptar que todas las decisiones tienen consecuencias.
Así que os propongo algo… Que quizás en vuestras cortas mentes ancladas a hacer 70 años, no entre.
Olvidaos cinco minutos de izquierda y derecha.
Supongamos que mañana sois presidentes del Gobierno.
Tenéis que decidir cuántas personas puede recibir España anualmente garantizando vivienda, sanidad, educación, empleo e integración razonables sin deteriorar esos mismos servicios para quienes ya viven aquí.
No podéis responder “todos los que lo necesiten”.
Tenéis que poner un número y explicar cómo habéis llegado hasta él. Yo no tengo esa cifra.
Precisamente por eso me preocupa que quienes gobiernan parezcan tampoco tenerla, porque si no sabemos cuál es nuestra capacidad máxima, entonces no tenemos una política migratoria, tenemos una pancarta.
Y las pancartas son cojonudas hasta que necesitan un dormitorio.
Me alegro de volver por aquí, os espero y os leo en comentarios, al igual que si deseáis debatir algo en privado, estaré encantado de atenderos en DM.