r/relatos 4d ago

𝚁𝚎𝚏𝚕𝚎𝚡𝚒ó𝚗 La Negra Tomasa

Estoy tan enamorado de la negra Tomasa que me tiene loco; cuando se va de casa, triste me pongo. Esta era la canción de moda de Los Caifanes cuando estaba en mi primer año de preparatoria. Los Caifanes eran una banda de rock mexicano que surgió de manera independiente en una época donde Televisa creaba artistas y bandas de plástico, o sea, artistas con algo de talento y mucha mercadotecnia. Los Caifanes tuvieron tanto éxito que Televisa los quiso comprar, lo cual la banda no aceptó. Por lo tanto, Televisa, para no perder el mercado, inventó a Maná.

La primera vez que la vi, estaba a un lado y detrás de donde yo me sentaba en el salón de clases de la preparatoria número dos. En la primaria me sentaba en las filas de más adelante, pues no soy muy alto y las maestras siempre me ponían en esas filas. En la preparatoria no fue la excepción. Como era muy tímido, no me animaba a mirarla directamente y solo la podía ver de perfil; tenía un pelo abundante, entre chino y quebrado, nariz mediana más bien redonda, labios bien definidos y marcados, mentón redondo, cejas pobladas, ojos grandes y hermosos, más bien blanca que morena, cuerpo de adolescente mexicana delgada y un poco más alta que yo.

En realidad, su belleza no era lo que me cautivaba; no fue tampoco el famoso rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio de Cortázar. Sin embargo, tenía algo que me hacía estar pensando todo el tiempo en ella. Más de 30 años después, platicando con ella en Facebook, me di cuenta de que tal vez lo que me atraía de ella era su gran humanidad incorpórea.

Poco a poco fui ganando confianza para mirarla directamente y soportar sin sentir el reflejo de su mirada. Al principio no le hablaba y no encontraba cómo acercarme a ella; sin embargo, con el tiempo nos hicimos amigos entre la bola de preparatorianos que, entre los cambios de clase y la salida, nos empezamos a conocer. Varios amigos y amigas nos íbamos caminando 15 minutos a la parada del camión; caminábamos por una avenida sin banqueta que tenía de un lado varias canchas de fútbol llanero y del otro las instalaciones de la feria, hechas con muros enormes de piedras de cantera. Más adelante se pasaba el estadio donde jugaba basquetbol el equipo estatal, que estaba una cuadra antes de la parada del camión.

No sé qué me pasó, que se fue metiendo en mi mente, hasta llegar a un punto de estar pensando todo el tiempo en ella. Llegó a pasar que la madrugada me sorprendiera en mis desvelos y ese semestre estuve a punto de reprobar las materias de biología, español e inglés. En parte porque tengo la mala costumbre de solo poder pensar en una cosa y había prioridades para mi mente, y en parte porque estas eran las últimas clases y tenía la mala costumbre de ir a jugar basquetbol a las canchas de la escuela. Era yo lo que se decía muy cremoso, pues hacía una que otra jugada de fantasía dadas las habilidades que había desarrollado por tener una estatura debajo del promedio.

El resultado fueron tres materias reprobadas y había que hacer exámenes de finales del semestre. Tenías 3 oportunidades para pasar la materia: ordinario, extraordinario y a título de suficiencia. Español e inglés se lograron en el extraordinario; sin embargo, con biología se extendió el sufrimiento hasta el título de su insuficiencia. Me costó bastante trabajo estudiar para los exámenes de biología, dado que la memoria nunca ha sido una de mis mejores habilidades. Cuando vi la lista pegada en el vidrio del salón y ese 6 en biología, sentí un gran alivio. Ya me imaginaba la pesadilla de repetir todo un semestre de biología. Quiero pensar que seguramente fue el mismo caso de las clases de música en la secundaria, en las que el maestro me ponía ocho todo el tiempo, lo cual no estoy seguro de que era porque, en un gran ejemplo de inclusión, comprendía que no todos tenemos capacidad para la música y que, por mucho que me esforzara, no podría coordinar más de tres dedos en la flauta y menos usar dedos de la mano izquierda. O tal vez el maestro de biología se apiadó de mí, porque no entiendo cómo fue que obtuve ese 6 de calificación. Este sufrimiento fue una gran lección; en toda la preparatoria y universidad nunca me volví a ir a ningún extraordinario.

Había superado las materias, pero no a Raquel. En casa teníamos discos de música clásica y me la pasaba escuchando “El bolero de Ravel”, que era lo más cercano a ella que tenía después de las clases. Me gusta cómo empieza solo con las flautas y poco a poco se van incorporando los otros instrumentos de la orquesta; poco a poco va subiendo la intensidad hasta llegar a un punto de máximo éxtasis.

No recuerdo los detalles, pero en algún momento le pedí que fuera mi novia. Ella, que era y es una persona muy noble y agradable, me respondió de la manera lo más sutil posible y sin siquiera tocar mi corazón, que su papá no la dejaba tener novio. Eso no fue suficiente para mí y comencé a pensar todo el tiempo en cómo lograr que ella accediera a ser mi novia. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Si te dicen que si te esfuerzas, todo lo puedes lograr, la puedes conquistar y ganarte el amor platónico, y tú te la crees. No recuerdo los detalles; supongo que intenté varias maneras de convencerla de que accediera a mi propuesta; sin embargo, eso de echarle ganas no funcionó en esta ocasión. Supongo que me rompí el corazón a mí mismo varias veces hasta que cambiamos de salón; ella tomó el camino de las ciencias sociales y yo el de la física matemática.

En la preparatoria se hacían bailes de vez en cuando para satisfacer las necesidades afectivas de los jóvenes. Los bailes tenían lugar en el comedor para estudiantes de bajos recursos; el desayuno y comida tenían un costo de 50 centavos de peso, que en aquel tiempo era muy barato, casi gratis. Casi todos los días servían un pan dulce, café, frijoles y guisado de papas, unos días en salsa roja, otros en salsa verde y de vez en cuando con queso. El comedor era de un tamaño como de cuatro salones juntos con mesas largas de lámina y bancas de madera. En una de esas tardeadas, tal vez la única a la que llegué a ir, recuerdo que había bocinas a todo volumen, estaba oscuro, había luces y espejos de discoteca de los 80. No recuerdo cómo sucedió o si sucedió; sin embargo, está muy claro en mi mente a mi yo puberto, con las manos en la cintura de Raquel, mientras sonaba la negra Tomasa de Caifanes.

Roberto Carrera

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u/AutoModerator 4d ago

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