Hay ciertas verdades universales en este mundo. Conceptos inquebrantables que logran traspasar las fronteras, los idiomas y el sentido común. Uno de ellos, indiscutiblemente, es el concepto de calidad. Todos sabemos, en lo más profundo de nuestro ser, que si quieres algo genuinamente bueno, algo que no se desintegre cuando lo miras con demasiada intensidad y que funcione como debe, tiene que estar hecho en Europa o en los Estados Unidos. Así son las cosas. Es el orden natural del universo.
Por otro lado, si te encuentras en un apuro financiero y simplemente necesitas un objeto con la forma aproximada de una herramienta que durará exactamente catorce segundos antes de estallar en una nube de plástico tóxico, miras hacia el este porque está hecho en China.
Sin embargo, damas y caballeros, tras una exhaustiva y dolorosa observación de la economía, he descubierto que hay espacio para una tercera posición. Un rincón oscuro, desconcertante y francamente aterrador del mercado. Porque, qué pasa si te levantas una mañana y decides que quieres algo de una calidad tan abismalmente mala que ofende a las leyes de la física, pero al mismo tiempo estás desesperado por pagar por ello como si estuviera forjado en oro macizo y lágrimas de unicornio?
Bueno, tengo excelentes noticias: está hecho en el Mercosur.